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26.3.14

Sherwood Anderson

(Camden, Ohio, 1876-Panamá, 1941)

«El alma de Kate Swift ardía pensando en George Willard. Había creído distinguir la chispa del genio en algunos de los trabajos hechos por el muchacho en la escuela, y quería avivar aquella chispa. Cierto día de verano fue a las oficinas del Eagle y, encontrando al muchacho desocupado, se lo había llevado a pasear por Main Street hasta el Campo de la Feria, donde se sentaron sobre la hierba en un ribazo y estuvieron conversando. La maestra quiso que el joven se hiciese una idea de las dificultades con que tropezaría para ser escritor. "Tiene usted que estudiar la vida", le dijo, con voz temblorosa y llena de ansiedad. Cogió a George Willard por los hombros y le hizo volverse hacia ella, de manera que pudiese mirarle a los ojos. Alguien que pasara por allí hubiera pensado que iban a abrazarse. "Si quiere llegar a ser escritor, no se deje embaucar por la palabrería", le explicó. "Sería preferible que no pensase en escribir hasta que estuviese mejor preparado. Ocúpese ahora en vivir. Yo no quisiera que usted se desanimase, pero me gustaría hacerle comprender la importancia de eso a que usted aspira. Tiene que ser usted algo más que un simple buhonero de vocablos. Hay que aprender a percibir lo que la gente piensa, no lo que dice."»
«La maestra», Winesburg, Ohio.


Winesburg, Ohio (1919)

10.3.14

Kate Chopin

(Saint Louis, Missouri, 1850-1904)

«Frente a la ventana abierta había un amplio y confortable sillón. Agobiada por el desfallecimiento físico que rondaba su cuerpo y parecía alcanzar su espíritu, se hundió en él.
En la plaza frente a su casa, podía ver las copas de los árboles temblando por la reciente llegada de la primavera. En el aire se percibía el delicioso aliento de la lluvia. Abajo, en la calle, un buhonero gritaba sus quincallas. Le llegaban débilmente las notas de una canción que alguien cantaba a lo lejos, e innumerables gorriones gorjeaban en los aleros.
Retazos de cielo azul asomaban por entre las nubes, que frente a su ventana, en el poniente, se reunían y apilaban unas sobre otras.
Se sentó con la cabeza hacia atrás, apoyada en el cojín de la silla, casi inmóvil, excepto cuando un sollozo le subía a la garganta y le sacudía, como el niño que ha llorado al irse a dormir y continúa sollozando en sus sueños.»
«Historia de una hora», Kate Chopin


The Story of an Hour (1894)

8.3.14

Carson McCullers

 
(Columbus, Georgia, 1917-Nyack, Nueva York, 1967)

«—Fue así —continuó el hombre—. Soy una persona que se impresiona mucho con las cosas. Durante toda mi vida, una cosa tras otra me han impresionado: la luz de la luna, las piernas de una chica bonita… Una cosa tras otra. Pero la cuestión es que, cuando había disfrutado de algo tenía una sensación extraña, como si estuviera dentro de mí andando suelta. Nada parecía llegar a terminarse ni a encajar con las otras cosas. ¿Mujeres? Ya tuve mi ración de ellas. Es lo mismo. Después, quedaban vagando sueltas en mí. Yo era un hombre que no había amado nunca.
Cerró los párpados muy despacio y el gesto fue como la caída del telón cuando termina un acto en el teatro. Cuando habló de nuevo tenía la voz excitada y las palabras venían deprisa; los lóbulos de sus orejas grandes y sueltas parecían temblar.
—Luego encontré a esta mujer. Yo tenía cincuenta y un años; ella siempre decía que tenía treinta. La encontré en una estación de servicio y nos casamos a los tres días. ¿Y sabes cómo nos fue? No puedo ni decírtelo. Todo lo que siempre había sentido estaba reunido alrededor de esta mujer. Ya no había más cosas sueltas dentro de mí, todo estaba concluido en ella.»
«Un árbol, una roca, una nube», La balada del café triste


The Ballad of the Sad Café (1951)

3.3.14

O. Henry

(Greensboro, Carolina del Norte, 1862-Asheville, 1910)

«En el Gran Almacén había tres mil chicas. Masie era una de ellas. Tenía dieciocho años y era vendedora en la sección de guantes de caballero. Allí fue donde aprendió a distinguir dos variedades de seres humanos: la de los caballeros que se compran los guantes en almacenes, y la de las mujeres que les compran guantes a caballeros desafortunados. Además de tan vasto conocimiento acerca de la especie humana, Masie había adquirido información por otras vías. Había prestado oídos a la sabiduría promulgada por las 2.999 chicas restantes, y la había almacenado en un cerebro que era tan cauto y reservado como el de un gato maltés. Es posible que la Naturaleza, previendo que iban a faltarle sabios consejeros, hubiese mezclado el ingrediente salvador de la perspicacia junto con su belleza, tal como ha dotado al zorro plateado de una piel de inapreciable valor al tiempo que le ha dado una astucia superior a la de los otros animales.»
«El amante tacaño», O. Henry


'A Lickpenny Lover' (1904)

24.2.14

Nathaniel Hawthorne

(Salem, Massachusetts, 1804-Plymouth, New Hampshire, 1864)

«Recuerdo haber leído en alguna revista o periódico viejo la historia, relatada como verdadera, de un hombre —llamémoslo Wakefield— que abandonó a su mujer durante un largo tiempo. El hecho, expuesto así en abstracto, no es muy infrecuente, ni tampoco —sin una adecuada discriminación de las circunstancias— debe ser censurado por díscolo o absurdo. Sea como fuere, este, aunque lejos de ser el más grave, es tal vez el caso más extraño de delincuencia marital de que haya noticia. Y es, además, la más notable extravagancia de las que puedan encontrarse en la lista completa de las rarezas de los hombres. La pareja en cuestión vivía en Londres. El marido, bajo el pretexto de un viaje, dejó su casa, alquiló habitaciones en la calle siguiente y allí, sin que supieran de él la esposa o los amigos y sin que hubiera ni sombra de razón para semejante autodestierro, vivió durante más de veinte años. En el transcurso de este tiempo todos los días contempló la casa y con frecuencia atisbó a la desamparada esposa. Y después de tan largo paréntesis en su felicidad matrimonial, cuando su muerte era dada ya por cierta, su herencia había sido repartida y su nombre borrado de todas las memorias; cuando hacía tantísimo tiempo que su mujer se había resignado a una viudez otoñal, una noche él entró tranquilamente por la puerta, como si hubiera estado afuera sólo durante el día, y fue un amante esposo hasta la muerte.»
«Wakefield», Nathaniel Hawthorne


Wakefield (1835)

15.2.14

Willa Cather

(Black Creek Valley, Virginia, 1873-Nueva York, 1947)

«El viejo se quedó mirando el rostro de su hijo muerto. La espléndida cabeza del escultor, en su rígida quietud, parecía aún más noble de lo que había sido en vida. El cabello oscuro le caía sobre la amplia frente; el rostro parecía extrañamente largo, pero no había en él ese reposo que esperamos encontrar en los rostros de los muertos. Las cejas estaban tan contraídas, que había dos líneas profundas sobre la nariz aguileña, y la barbilla parecía avanzar en un gesto de desafío. Era como si el esfuerzo de la vida hubiera sido tan agudo y amargo que la muerte no podía relajar de inmediato la tensión, dándole la suavidad de la paz perfecta, como si él guardara todavía algo precioso que aún podía serle arrebatado.»
«El funeral del escultor», El jardín de los Troll

http://www.casadellibro.com/libro-los-libros-de-cuentos/9788484282891/1064709

The Troll Garden (1905)
Youth and the Bright Medusa (1920)
Obscure Destinies (1932)
The Old Beauty (1948)

Patricia Highsmith

http://es.wikipedia.org/wiki/Patricia_Highsmith
Patricia Highsmith
(Fort Worth, Texas, 1921-Locarno, Suiza, 1995)

«Claudette era caprichosa y no tenía verdaderos planes, pero empezó a salir con un hombre barrigudo llamado Charles, de buen carácter, generoso y rico. Hasta se acostó con él. Charles aplaudía con fuerza cuando Claudette y Rodolphe bailaban, él rodeando con sus manos el grácil cuello blanco, ella doblada hacia atrás. Charles podía permitirse el lujo de reír. Se la iba a llevar a la cama luego.»
«La bailarina», Pequeños cuentos misóginos



Little Tales of Misogyny (1974)

12.2.14

Herman Melville

Herman Melville
(Nueva York, 1819-1891)

«¿Lo confesaré? Como resultado final quedó establecido en mi oficina que un pálido joven llamado Bartleby tenía ahí un escritorio, que copiaba al precio corriente de cuatro céntimos la hoja (cien palabras), pero que estaba exento, permanentemente, de examinar su trabajo y que ese deber era transferido a Turkey y a Nippers, sin duda en gracia de su mayor agudeza; ítem, el susodicho Bartleby no sería llamado a evacuar el más trivial encargo; y si se le pedía que lo hiciera, se entendería que preferiría no hacerlo, en otras palabras, que rehusaría de modo terminante.»
«Bartleby, el escribiente», Cuentos de Piazza



"Bartleby the Scrivener: A Story of Wall Street",
The Piazza Tales (1856)

11.2.14

Sam Shepard

Sam Shepard
(Fort Sheridan, Illinois, 1943)

«Si pudiera verme ahora, seguro que se enamoraría de mí, me apuesto lo que sea. Me apuesto lo que sea a que sí. ¿Cómo podría no hacerlo? Miradme. Miradme ahora. Como estoy. Si pudiera verme así: esperándola, horas antes, mucho antes de que llegue, buscando cualquier señal o sonido suyo. Vería lo entusiasta que soy. Vería la desesperación en mi pecho. Si pudiera verme ahora, desde la distancia, sin que yo supiera que me está mirando, me vería tal y como soy.»
«Convulsión», El gran sueño del paraíso

http://www.anagrama-ed.es/titulo/PN_580

Great Dream of Heaven (2002)